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viernes, 31 de octubre de 2014

Recuerdo neblinoso de Milán

En los noventa viví en Milano (Milán) en el norte de Italia.  Casi siempre estaba nublado o neblinoso.
El sol salía una vez por mes. Literalmente.
Un día entre los días, como decía Scherezada, cuando ya hacía un par de meses que recorría el mismo trayecto para llegar al trabajo, me tocó un día claro, el primero de los escasos de cielo limpio. Me quedé boquiabierto al ver las montañas que asomaban del horizonte límpido. Me rasqué la cabeza pensando que me había equivocado de camino (o de ciudad) y después me restregué los ojos creyendo que soñaba. Por primera vez, podía ver los Alpes, inclusive el monte Rosa, en el mismo horizonte que el resto de los días era y volvería a ser una nebulosa blanquecina.

La llanura padana es fría y húmeda. Está sembrada de arrozales que suministran mosquitos en verano y niebla densa, impenetrable, el resto de año.
La humedad se condensa por acción de la luz solar, y se convierte en niebla. Por encima el día es soleado, sin nubes. Es como una plancha de vapor gigante. Cuando llueve, no hay niebla.

La nebbia (sí, como Lito) fitta. La niebla densa, cerrada.

 Viajando hacia Breme, cerca del Po, se pasaba por una ruta brumosa, entre los arrozales, que cruzaban cientos, miles de ranitas que formaban una alfombra viviente, una sombra fugaz, que los autos aplastaban inevitablemete. 

En Milán, cada mañana y cada tarde recorría in macchina (auto) unos 25 km para ir y volver del trabajo. Para evitar horas de embotellamiento, había que desviarse de la autostrada tangenciale o circunvalación "rápida" que estaba eternamemente bloqueada.
Paradójicamente se llegaba antes por carreteras secundarias que atravesaban los pueblitos y localidades del entorno milanés,
 l´hinterland milanese, como dicen los italianos para referirse a la periferia (el gran Milán) usando una palabra alemana que en alemán significa otra cosa, obviamente.
Una de estas rutas entre mi casa y el trabajo pasaba junto al autódromo de Monza. A veces se oía el rugido de los motores durante las pruebas. Pero no se veía nada, ni las paredes.
 El cerebro se conforma con datos frugales: memoriza el borde de un cordón de una vereda (el bordillo de la acera), el color de algún negocio o vidriera (escaparate), la textura del empedrado o del asfalto. No se ven los carteles de señalización ni los nombres de las calles. Es como flotar dentro de una nube.
A veces las luces traseras de algún auto sirven de faro. Parece increíble que uno manejara así, como en piloto automático guiado por un radar cerebral. (No había GPS)

Un ejecutivo japonés, más perdido que turco en la neblina, quedó KO después de 6 horas en la autopista tratando de volver al hotel. Yo tardé sólo 3 horitas para llegar a casa, perdido en los nudos y empalmes invisibles de la autostrada.

Hace poco tuve que volver a Milán por unos días. Fue un viaje de trabajo. En mi recuerdo, la ciudad gris, sin árboles ni espacios verdes, sólo tenía una fuente con agua, en la Piazza della Fontana (como su nombre lo indica).
Me tocaron unos días que parecían londinenses: sol, nubes,  lluvia, frío y calor,... todo en la misma jornada. Pero vi el sol, sin niebla (en Londres ya tampoco hay niebla). Según me explicaron, el cambio climático y la reducción de arrozales conspiraron para hacerla menguar, si no desaparecer.

Hablé en italiano con clientes y colegas milaneses, meridionali (del sur) y florentinos. Me reí con esas ocurrencias y expresiones tan ingeniosas que parecen sacadas de una película de Sordi y Tognazzi y cené una de las mejores cenas de trabajo de los últimos tiempos.

Antes de volver a Alemania, un amigo que todavía vive en Milán, me guió, como a un turista, a través de los -pocos según mi memoria - puntos interesantes, vistosos o francamente hermosos de la capital lombarda: Il Duomo (la impresionante catedral), la hermosísima Galleria Vittorio Emanuelle, donde se puede tomar el caffe espresso más caro de a ciudad, aunque siempre mas barato que el jugo de paraguas de Munich, y el infaltable Palazzo Sforzesco, donde trabajó, entre otros, Leonardo da Vinci, subvencionado por su mecenas del momento, Ludovico Sforza.
Y caminé con mi amigo por calles, aparentemente recién arboladas de los barrios signorili, viajé de nuevo en la Metro, el subte, más eficiente y barato que el de Munich y visité la ex sede principesca de un banco transformada en galería de arte, justo frente a la bellisima (bel-lísima) piazza della Scala. .

Los juegos del tiempo, la niebla y la memoria.





link relacionado: La inexistencia de lugares verdaderos

link no relacionado pero bel-lisimo (poner sonido)


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